Viernes, 7 de Agosto del 2026

¿Cambiar o no cambiar?

¿Cambiar o no cambiar?

«No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo». Esta célebre frase, atribuida popularmente al físico Albert Einstein (1879-1955), sintetiza la esencia de la innovación y el crecimiento personal. Si buscas una transformación real en tu vida o trabajo, es imprescindible romper con la rutina. Aunque su autoría real sigue en debate y es probable que la idea surgiera antes en círculos literarios o corporativos, su impacto radica en una verdad innegable: el cambio no ocurre por generación espontánea, sino mediante la búsqueda intencional, la asunción de riesgos y la aceptación de la incomodidad. Curiosamente, este principio contrasta de forma perfecta con la famosa paradoja de la novela El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

 ¿Cambiar o no cambiar? Tal parece que, precisamente, lo que no queremos es cambiar, o no sabemos cómo hacerlo. O bien nos ilusionamos con que todo cambiará haciendo lo mismo, o cambiamos todo lo que en el fondo no nos importa, con tal de que “todo siga como está”.

 Más allá de los aforismos o la ficción, los hijos de Dios somos desafiados a cambiar, o mejor dicho, a permitirle al Señor realizar el cambio que no sabemos o tal vez no queremos hacer. La Biblia habla sobre la necesidad del cambio, de la transformación interior, una transformación espiritual y conductual: la llama arrepentimiento (del griego “metanoia”, renovación mental) o conversión, no un cambio superficial sino real de los sentimientos y pensamientos. Algunos textos vienen a nuestra mente: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2); “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17); “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne” (Ezequiel 36:26); “Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Un cambio de ese tipo llevará sus frutos, como lo dice la Escritura: “frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8).