Martes, 30 de Junio del 2026
Todos tenemos un enemigo que nos tiene a mal traer en la vida. Nos tiene "de hijo"; nos hizo y hace lo que quiere. Nos pega cuando quiere, nos humilla en público, nos desangra en soledad, nos impide crecer, alcanzar nuestras metas y sueños.
Salimos a la calle, olemos su presencia, es una sombra que nos persigue, aflige, aterra. Nos recuerda constantemente nuestros fracasos, y como cientos de miles de veces nos ha vencido, entendemos que lo hará nuevamente. ¿Existe algo que indique lo contrario?
Entonces comienzan las preguntas: ¿Quién es? ¿Cómo hago para conocer su punto débil? ¿Cómo hago para, aunque sea, visualizar una victoria? Si la receta es la misma, para vencer al mismo oponente de siempre…¿para qué intentarlo?
Prefiero seguir así. “Es que no vas a salir adelante nunca si te quedas donde estás”; “es como si estuvieras metido dentro de un tacho lleno de estiércol y dijeras: "no pido que me saquen de aquí, tan solo no hagan olas…”. Bueno, entonces no hagan olas. Prefiero esta zona de confort , porque es lo que conozco. Mediocre, sí, pero está bien.
Entonces nos vamos dando cuenta de quién es en verdad nuestro enemigo inexpugnable, súper campeón en dejar nuestros sueños, anhelos y proyectos por el piso. Un experto en hacernos creer que somos fracasados seriales y que lo seguiremos siendo. “Ni pienses que vas a poder conseguir lo que querés; ni se te ocurra imaginarte en la cima habiendo invertido el orden de la secuencia”.
Ese gigante, ese monstruo, esa montaña, ese rival que nos tiene de hijo es, en realidad, a saber: “nosotros mismos”
Pero, aunque sea difícil de creer, existe dentro nuestro un “impedidor serial de sueños”, un “bloqueador cíclico de anhelos y proyectos”. El desgraciado es invisible, como si fuera nuestro yo desdoblado, lado oscuro, demonio. Es silencioso, imperceptible, y aparece cuando menos lo esperamos, hace su obra macabra, y se interna en las profundidades de nuestra psiquis.
Nunca nos damos cuenta, pero este ser ataca y se esconde tan rápido como la lengua de una rana al atrapar a su presa.
Y su tarea es simple: impedir que mejoremos nuestra calidad de vida, o sea, obtener logros, alcanzar metas, adquirir nuevas herramientas de adaptación a las circunstancias, superación, resiliencia, desensibilización de algo que nos duela o atemorice.
Yo creo que para detectarlo se podría hacer el siguiente ejercicio: pensá en algo que realmente desees en tu vida. Bueno, ahora visualizá lo que en realidad has deseado, soñado, toda tu vida. ¿Lo tenés? En serio, ¿lo tenés?
Ahora, pueden suceder dos cosas:
a) nunca se te pasó por la mente soñar, por lo cual te diría que sos un mediocre cualquiera, y de los más baratos;
b) si tenés claro lo que deseás, intentá dar el primer paso hacia ello, y vas a ver que te encontrás con el odiador de la felicidad, y te pone un –cross- que te tumba a la lona. KO, inconsciente, anestesiado en el primer intento.
Ese tipo, ese doble, ese ser que nos habita e impide crecer y ser realmente felices, es una parte de nosotros mismos, es intrínseco a nuestra historia. Y como tal, merece ser abordado y enfrentado. Si depende de nosotros, es posible.
Vayamos por todo, comencemos por nuestro interior, leamos y escuchemos esa huella acústica que nos llevará hacia la prosecución de nuestros más profundos anhelos y sueños por cumplir. Libremos esa batalla, demos esa oportunidad, brindemos a nosotros mismos la excelencia de ser mejores personas.