Domingo, 26 de Julio del 2026

Mafia, poder y fútbol: la sombra que nunca se disipa

Mafia, poder y fútbol: la sombra que nunca se disipa

El término “mafia” nació en el Mezzogiorno italiano, pero pronto se convirtió en un concepto universal para describir al crimen organizado: jerarquías rígidas, códigos de silencio —la célebre omertá— y un abanico de delitos que van desde la extorsión hasta el lavado de dinero. La Cosa Nostra en Sicilia o la Camorra en Nápoles son ejemplos históricos, pero el fenómeno se ha extendido a cualquier estructura que reproduzca esas lógicas de poder y corrupción.

No es casual que, en un mundo marcado por la rebelión contra Dios y por instituciones humanas corroídas, el mal prevalezca sobre el bien. Desde hace más de dos mil años, la humanidad enfrenta la misma disyuntiva: el camino angosto de la verdad y la vida, o el camino ancho de la falsedad y la muerte. El egoísmo sustituyó al amor, y la corrupción se volvió norma. En ese contexto, sigue vigente la necesidad de hombres íntegros, que no se vendan ni se compren, que llamen al pecado por su nombre y que se mantengan del lado de la justicia, aunque “se desplomen los cielos” (EGW, Educación, p. 54).

El fútbol, como reflejo de la sociedad, no escapa a esta lógica. No creo en teorías conspirativas que sostienen que Argentina fue obligada a perder la final del Mundial. Pero sí creo que la FIFA funciona como una estructura mafiosa, y que la AFA ha sido su hija obediente. Lo ocurrido en la final de Italia 90 aún duele: las sospechas sobre lo que pasó en el vestuario, la demora en el aeropuerto JFK bajo la mirada del FBI, y las derivaciones financieras que apuntan al blanqueo de dinero de los dirigentes argentinos, son piezas de un rompecabezas que todavía incomoda.

Los jugadores y el cuerpo técnico —ayer como hoy— son inimputables. La pasión y el esfuerzo en la cancha no están en discusión. Pero los dirigentes, bajo la sombra de la omertá, parecen haber sido parte de un engranaje mucho más oscuro. La polémica recién comienza, y aunque el tiempo haya pasado, la herida sigue abierta: el fútbol argentino, como tantas otras instituciones, necesita transparencia, justicia y hombres que no teman enfrentarse al poder.