Un instante de oscuridad, una eternidad de luz
Día miércoles, 12 de agosto: fecha señalada en que muchas personas levantaron la mirada al cielo para contemplar un eclipse.
Durante unos minutos, la luz del sol quedó oculta. El día pareció cambiar y miles de personas se detuvieron para mirar hacia arriba, asombradas ante un fenómeno que nos recuerda lo pequeños que somos frente a la grandeza de Dios.
Y pensé en los discípulos.
Ellos también estaban mirando al cielo. Habían visto a Jesús ascender y no podían apartar los ojos de las nubes. Quizá querían prolongar aquel momento. Quizá no querían aceptar que Jesús se había ido.
Entonces los ángeles les hicieron una pregunta:
«¿Por qué estáis mirando al cielo?»
No porque mirar al cielo estuviera mal. 
Sino porque había llegado el momento de volver a caminar.
Qué fácil es que nosotros también nos quedemos detenidos mirando aquello que nos fascina, nos preocupa o nos duele. Hay temporadas en las que parece que la luz se apaga un poco: momentos de espera, incertidumbre, pérdidas, preguntas sin respuesta… momentos en los que no entendemos qué está haciendo Dios.
Pero un eclipse también puede recordarnos algo: que aquello que por un momento queda oculto no necesariamente ha dejado de existir.
Y quizá eso también sea parte de nuestra fe.
Esperar no significa que Dios se haya ido.
La oscuridad no significa que Dios nos haya abandonado.
Y el silencio no significa que Él haya dejado de obrar.
Los discípulos tuvieron que aprender a permanecer en Él antes de salir a servir: esperaron en Jerusalén, precisamente en el lugar difícil, hasta recibir la promesa del Espíritu Santo. Tuvieron que aprender a recibir antes de dar, como María, que escogió sentarse a los pies de Jesús antes de ocuparse de tantas cosas. Tuvieron que esperar el poder de Dios antes de intentar hacerlo todo con sus propias fuerzas.
Y después, salir.
Esperar mientras caminamos. Confiar mientras servimos. Mirar al cielo sin dejar de mirar el camino. .webp)
Porque nuestra esperanza no está puesta en que las circunstancias siempre sean luminosas. Está puesta en una Persona.
Los ángeles no dijeron simplemente que Jesús volvería. Dijeron:
«Este mismo Jesús… así vendrá como le habéis visto ir.»
El mismo Jesús que caminó con ellos.
El mismo Jesús que sanó, amó, perdonó y entregó su vida.
El mismo Jesús que venció la muerte.
Él volverá.
Por eso, cuando el día de mañana miremos al cielo –al igual que el miércoles, día del eclipse- quizá podamos recordar que hay oscuridades que forman parte de nuestro camino, pero ninguna de ellas tiene la última palabra.
Mientras esperamos aquel día, hay un mundo que necesita luz. Un hogar que necesita amor. Una persona que necesita esperanza. Alguien cerca de nosotros que quizá necesita encontrar a Jesús a través de nuestras palabras, nuestras manos o simplemente nuestra presencia.
Así que levantemos la mirada al cielo…
…pero sigamos caminando en la tierra.
Porque el eclipse pasará.
La oscuridad será solo un momento.
Pero la promesa de Cristo permanece.
Y cuando toda sombra haya quedado atrás, descubriremos que la luz que esperábamos nunca dejó de estar allí.
Un instante de oscuridad. Una eternidad de luz.
…y en esa eternidad, ya no habrá más noche.
FE.ve.