Viernes, 14 de Agosto del 2026

El gran engaño del consumo

El gran engaño del consumo

En mi columna anterior planteaba la necesidad de volver a discutir ideas. De animarnos a revisar conceptos que durante años parecieron verdades indiscutibles y que, quizás por repetición, terminamos aceptando sin preguntarnos demasiado si realmente eran ciertos.

Hoy quisiera empezar por uno de ellos.

Durante años escuchamos una frase repetida casi como un dogma: “Hay que estimular el consumo para que la economía crezca”.

La lógica parece sencilla. Si la gente tiene más dinero, compra más. Los comercios venden más, las empresas producen más y entonces la economía crece.

Suena razonable.

Pero… ¿es realmente así?

Hace más de una década, el recordado economista Tomás Bulat, fallecido en 2015, explicaba este tema de una manera muy sencilla: el consumo no es el verdadero motor del crecimiento. El consumo es una consecuencia del crecimiento.

Pensemos en una familia.

Supongamos que gana dos millones de pesos por mes y gasta esos dos millones. Un día decide gastar tres. Cambia el auto, sale más seguido, compra más ropa, se va de vacaciones.

Durante un tiempo podríamos pensar que esa familia progresó.

Pero hay una pregunta inevitable: ¿de dónde salió el millón adicional?

Quizás utilizó sus ahorros, vendió algún bien o pidió dinero prestado. Cualquiera de esas alternativas puede sostener ese consumo durante un tiempo. Pero no indefinidamente.

La única manera genuina de consumir tres millones todos los meses es generar tres millones de ingresos.

Lo que parece tan evidente cuando hablamos de una familia curiosamente se vuelve más difícil de aceptar cuando hablamos de un país.

Un Estado también puede aumentar los recursos que tiene disponibles para gastar: puede cobrar más impuestos —incluyendo retenciones y otros tributos—, gastar más de lo que recauda, endeudarse o financiar su déficit emitiendo moneda.

Los mecanismos son diferentes, pero ninguno es gratuito. Cuando aumenta excesivamente los impuestos, quita recursos al ahorro, la inversión y la actividad privada; cuando se endeuda, compromete ingresos futuros; y cuando recurre sistemáticamente a la emisión para financiar el déficit, termina deteriorando el valor de la moneda.

Durante un tiempo, sin embargo, puede funcionar. El Estado vuelca esos recursos a la economía, sostiene determinados niveles de gasto y consumo y aparece una sensación de prosperidad.

El problema es que crear dinero, recaudar más o gastar más no significa necesariamente crear riqueza.

La riqueza se genera produciendo bienes y servicios. Con personas trabajando, empresas invirtiendo, emprendedores arriesgando capital, incorporando tecnología, exportando y aumentando la productividad.

Y aquí aquel viejo video de Bulat adquiere todavía más valor. Fue grabado alrededor de 2013 y hoy tenemos la ventaja de conocer lo que ocurrió después.

Durante buena parte de los años siguientes Argentina continuó intentando estimular su economía mediante gasto, subsidios, déficit, emisión, presión tributaria y controles, buscando sostener una capacidad de consumo que nuestra economía no siempre estaba generando genuinamente.

¿Y cuál fue el resultado?

Los números ayudan.

Durante más de una década nuestra economía prácticamente no logró crecer en términos per cápita. La inflación llegó al 211,4% en 2023 y todavía fue del 117,8% en 2024. Recién en 2025 comenzó una desaceleración muy importante, cerrando el año en 31,5%.

La pobreza, después de superar el 50% en el peor momento de 2024, descendió significativamente hasta ubicarse en 28,2% en el segundo semestre de 2025. Una mejora importante, pero que debería interpelarnos: ¿cómo puede un país con los recursos de Argentina acostumbrarse a semejantes niveles de pobreza?

Y otro dato quizás menos conocido: la inversión representó apenas alrededor del 16% del PBI en 2024.

Ahí aparece, a mi entender, el corazón del problema.

Durante demasiado tiempo discutimos cómo consumir más, cuando deberíamos haber estado obsesionados por cómo producir más.

Esto no significa afirmar que todo gasto público sea malo. Sería absurdo. Un Estado necesita seguridad, justicia, educación, salud e infraestructura. Incluso una inversión pública eficiente puede contribuir al crecimiento.

La discusión es otra: ¿podemos crear prosperidad simplemente aumentando el gasto para incentivar el consumo?

Nuestra propia historia debería, como mínimo, llevarnos a cuestionarlo.

Los países que admiramos por su nivel de vida no llegaron hasta allí porque descubrieron una fórmula mágica para consumir más. Ahorraron, invirtieron, incorporaron tecnología, formaron capital humano, respetaron contratos, protegieron la propiedad, aumentaron su productividad y vendieron al mundo.

Y como consecuencia de todo eso, consumieron más.

El orden importa.

Primero alguien produce. Después alguien obtiene un ingreso. Y recién entonces puede consumir.

Pretender invertir esa secuencia es parecido a repartir una torta antes de haberla cocinado.

Quizás entonces deberíamos cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarnos cómo hacemos para que los argentinos consuman más, empecemos a preguntarnos cómo hacemos para producir más, invertir más, exportar más y generar más riqueza.

Son preguntas menos atractivas políticamente. No ofrecen resultados mágicos ni soluciones inmediatas. Pero son las que determinan si un país progresa durante décadas.

Tal vez durante demasiado tiempo confundimos consumir más con ser más ricos.

Y no son necesariamente la misma cosa.

Podemos consumir artificialmente durante algún tiempo.

Pero para vivir mejor de manera permanente hay un camino bastante menos mágico y mucho más exigente:

trabajar, producir, invertir y crear riqueza.

La discusión, una vez más, queda abierta.

 

Adrián Brunelli
Exdirector del Semanario IdentidadFinal del formulario