"Mandarinas y bicicletas: la lección que tardó años en madurar"
Todavía lo recuerdo, como si hoy fuese aquel día del niño. Las expectativas, las ilusiones intactas de dos niños, Vanina, mi hermana, y yo. ¡Los regalos que íbamos a recibir!, no podíamos esperar a que ya sea domingo! Escuchábamos la publicidad de la tele: “Primer domingo de agosto día del niño, hoy más que nunca regale juguetes regale cariño, regale amor, regale juguetes regale cariño, para el día del niño”.
Un manojo de anhelos y nervios que ni te cuento. Esperábamos mucho de mis padres, por su puesto, pero de mis abuelos Miguel y Ema algo más, ya que, para empezar, vivían a la vuelta de la esquina, y la verdad pasábamos igual o más tiempo con ellos que en nuestra propia casa. Nos queríamos mucho. A mí, Miguel me enseñó a hacer huerta, a labrar la tierra, a sembrar según la luna y cosechar unos tomates que eran la envidia del pueblo. En esos días salíamos con mi hermana por las casas de los vecinos a venderlos, y linda plata nos hacíamos, todos querían y nos pedían que pasáramos otra vez por esos enormes y rojos tomates del abuelo Miguel. Mi abuela Ema a hacer facturas caseras los viernes de mañana y ayudar a repartirlas a los parientes antes de la puesta de sol. Así también me enseñó a memorizar versículos de la Biblia, a repetirlos, y arrodillarnos en un sofá a orar a Dios.
De tales personas, desde mi mentecita juvenil pero inequívocamente aferrada a lo inmediato, a lo material, yo esperaba algo así como un Tesla último modelo manejado por el propio Elon Musk.
Sin embargo, aquel día del niño fue diferente. Sucedió algo que recién con el paso de muchos años pude comenzar a valorar. Esa soleada mañana del primer domingo de agosto, que auguraba juguetes, mis abuelos nos regalaron un cajón de mandarinas…mientras que, a mis primos directos, una bicicleta nueva, colorida y brillante… no te lo puedo explicar…ni Carlitos Balá hubiera podido levantarnos el ánimo…yo no lo podía entender, no entraba en mi cabeza, cómo era que mis abuelos quisieran más a mis primos que a nosotros, cómo nos regalaban algo tan cotidiano y desabrido.
El asunto tomó tal relevancia que mis padres tuvieron que hablar con Miguel y Ema, no para pedirles ningún tipo de explicaciones, obvio, sino para poder darnos “alguna explicación” coherente a la mente de dos niños tristes, despechados, celosos, embroncados, descolocados, pero por sobre todo, desengañados con sus abuelos queridos.
Ellos vinieron a casa y con mucho cariño nos explicaron que, para ellos, invertir en mandarinas, y en un cajón solo para dos, era invertir en salud, justo en pleno invierno, y que desde su perspectiva era inclusive más valorable que un juguete. Su argumento, lejos de darnos paz, rompió aún más nuestros corazones…ay ay …ahora estábamos seguros de que querían más a mis primos que a nosotros… Los veíamos pasear por el barrio con el brillo del juguete nuevo, y al bajar la mirada veíamos un cajón de mandarinas para pelar…
Aquel domingo del niño , la enseñanza de mis abuelos echó profundas raíces. Pero tardó años en crecer y dar su fruto. He aquí la valoración entre lo inmediato, lo brillante, lo que invade y conquista los ojos, cotejado con lo perenne, lo atemporal, lo que tiene que ver con valores, en este caso, de salud. ¿Tenían esos niños la capacidad de comprender la lección moral de Miguel y Ema? ¿Estaba dentro de ellos el poder hacerlo? Esa incapacidad, me encantaría traerla a nuestros días, haciendo una pequeña salvedad de 30 o 40 años en el tiempo.
Las generaciones se han sucedido, arrancando (por una cuestión sencilla de un corte sincrónico en el tiempo), desde los Millennials, Centennials o generación de “cristal”, hasta las últimas, Alfa y Beta. Todas estas con un punto en común: la aparición y desarrollo de internet; Alfa y Beta, con la inteligencia artificial (IA). Los usos y costumbres han cambiado, pero me pregunto, ¿ha cambiado el corazón del niño?
Ante semejantes cambios en menos de 50 años, la disyuntiva creo, sigue siendo la misma. Hemos criticado a más no dar a los chicos, adolescentes y jóvenes por aislarse en un mundo intangible, sin valores e inmediato, lo virtual y sus universos paralelos, sus relatos paralelos y posibles de los dispositivos móviles, las pantallas y ahora, de remate, la llegada, para no irse jamás, de la IA.
Pero, a ver, miremos el corazón, porque “lo esencial es invisible a los ojos”. ¿Qué tan diferentes son estos niños de hoy, con los de antaño? ¿Qué tan diferentes somos nosotros, con la llegada de la tecnología? ¿Qué regalo adecuado podríamos hacer hoy a nuestros hijos, nietos, sobrinos? ¿Le romperíamos el corazón a un niño si en lugar de un dispositivo móvil, le regalamos, (ahora sí), una bicicleta, un libro, un paseo, una enseñanza ética o moral?
El corazón sigue siendo el mismo. Lo inmediato, lo brillante, el envoltorio grande, lo disfrutable. El deseo por aprehender una enseñanza, reacios, ofuscados, necios. El desafío es este: preparar como padres, abuelos, tíos, a nuestros pequeños para lo más importante: aprender a disfrutar de los valores, de lo que permanece en el tiempo y lo trasciende, lo espiritual.
Con la perspectiva del tiempo, entendí que no fue desafecto, sino una declaración de principios: la salud, lo vital, la nutrición y el cuidado amoroso están por encima del objeto de moda. Mientras que la bicicleta eventualmente se oxidó o quedó pequeña, el mensaje de mis abuelos echó raíces.
Los niños de hoy a menudo reciben dispositivos que los conectan con miles de personas, pero los aíslan de su entorno, enseñándoles a valorar lo intangible a través de una pantalla. Mis abuelos me regalaron algo orgánico, terrenal y vital.
Al final, la verdadera salud —física y emocional— sigue siendo el regalo más valioso, aunque a veces tardemos años en aprender a pelarlo.