Un adiós resignado y esperanzado (en memoria de Ramón Flores)
Me pasó con el tío Ramón Flores casi lo mismo que con la tía Nonga (Lidia Borges de Flores); tuve la oportunidad de visitarlo brevemente pocos días antes de su fallecimiento, en el mismo lugar donde estuviera su esposa y en similar estado de salud. Lo diferente fue que en el caso de la tía pude regresar para su funeral y con el tío ya no fue posible. Vayan estas líneas, entonces, como un tributo tardío y pobre, que no pretende compensar mi ausencia del momento de su despedida. Las dedico a sus hijos Luis, Liliana y Marita, a sus nietos, a la familia toda, y a los tantos que lo conocieron y apreciaron.
Ramón siempre estuvo cerca de nosotros, o nosotros de él. Desde aquellas visitas esporádicas a nuestro lugar pequeño en la selva misionera, hasta la cercanía estrecha de nuestro retorno a la ciudad de Posadas. Nos abrió parte de su casa, nos acogió en nuestro momento más difícil, hizo un departamento para mi madre y mis hermanos, y nos llevó mil veces al colegio o a la iglesia. Nunca hizo alarde de su solidaridad, ni de su liderazgo espiritual indiscutido. Simplemente hacía lo que había que hacer y nos acompañó en nuestra vivencia espiritual con la espontaneidad que surgía de su pasión por las cosas de Dios. Nosotros recorríamos su casa como si fuera la nuestra, tocábamos el piano hasta el cansancio, leíamos sus libros y respondíamos a sus preguntas sinceras sobre nuestro desarrollo o nuestro servicio.
Hablar de Dios y de su reino le era tan natural como para otros conversar sobre lo cotidiano y placentero. Lo escuché enseñar en la Escuela Sabática o en los hogares de la gente, y predicar desde los púlpitos. Fue en esas congregaciones que se multiplicaban más de una cosa a la vez: anciano, tesorero, maestro, director de publicaciones, asesor, predicador. Alguna vez, en su juventud, pasó por las aulas del Colegio Adventista del Plata; alguna vez pensó en ser obrero de la denominación; aceptó sin embargo, con gratitud, la oportunidad de servir como un miembro más donde el deber lo llamara. Lideró comunidades que surgían, consiguió recursos para sus templos o sus escuelas, apoyó cuanto se hiciera para atraer a otros a la fe y a la Palabra.
Su trayectoria y servicio muchos conocen. Me toca más bien dar fe de su acompañamiento a mi propia vivencia y ministerio. Estábamos una vez celebrando una Santa Cena en la cuarta iglesia adventista de Posadas. Luego del lavamiento de los pies se acercó para darme un abrazo y me dijo simplemente: “Negro, que podamos llegar juntos al reino de Dios”. “Sí” –le contesté, y no supe más qué decir. Ramón y Nonga estuvieron en mi graduación de teología en el Colegio Adventista del Plata, en mi casamiento con Lissie en Rosario del Tala, Entre Ríos y en mi ordenación al ministerio en el Instituto Juan Bautista Alberdi, de Leandro N. Alem. Tengo las fotografías que lo atestiguan. Ramón viajó a Libertador San Martín (creo que por última vez) cuando terminé mis estudios doctorales, en 2001. Lo trajeron mis hermanos Hugo y Raúl. ¡Qué fin de semana maravilloso! Cuando me entregaron el diploma y me disponía a descender por las escaleras, Ramón rompió el protocolo, se levantó de su asiento y se adelantó en medio de la gente para darme un fuerte abrazo, una vez más.
Su casa ha sido un lugar obligado en cada retorno a Posadas en estas décadas de ausencia. A pesar del tiempo transcurrido, allí estaba Ramón con su mismo pelo corto, con sus mismas preguntas, con la misma energía inagotable, con el mismo ir y venir tras sus quehaceres interminables. También él visitaba nuestra casa. Nos visitó en Tucumán, también en Bella Vista, Corrientes y en Santiago del Estero. Me gustaba pedirle que contara de su emocionante viaje por Tierra Santa o que diera su palabra de consejo a algún tesorero sin experiencia.
Sí, ¡extrañaremos a Ramón! ¡Muchos lo harán! Verdad es que 86 años son una vida cumplida; pero verdad es también que hay existencias irrepetibles a las que nos cuesta despedir. No olvidaremos a Ramón, ni dejaré de pensar en aquel día cuando se cumpla su deseo de que estemos juntos para siempre en el reino de Dios. Para sus hijos, familiares, amigos y hermanos, mi sentido abrazo en la distancia.
Foto de portada:
Ramón Flores (de pie a la derecha) con Jorge Borges (su cuñado) a su lado y Rodolfo Schmidt (abajo). Fotografía probablemente tomada en el Colegio Adventista del Plata entre los años 1951 y 1952.
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Dr. Daniel Plenc